
A Luiggi Malca
Siempre lleva puesto una camisa negra de cuadros, un blue jean y unas zapatillas converse, que hacen juego con sus pequeños ojos.
Es alto, de cuerpo delgado y es un devoto del estudio sin límites.
Su sonrisa es un encanto blanco y sus dientes son pulcros, sus cejas como un pequeño bosque negro de marzo, y sus manos, ya lo dije en un poema, son propias como él mismo.
Ha sido motivo de inspiración para algunos poemas, como ·L•, Aclaro, y otros que no tienen título aún.
Lo conocí en un día estrellado, un catorce.
Solía mofarse del sobrenombre que un mortal le impuso a gritos delante de otros muchachitos del mismo salón al que pertenecíamos. Once eme, recuerdo.
No pasó mucho y me di cuenta de que él era.
Él, ajá.
Es un hombrecito que tiene nombre propio y te hunde en su mirada tras dos verbos bien conjugados. Me ha hecho temblar con cada palabra y he sentido cómo mi corazón ha salido por mi ombligo, para llegar a él.
Suelo recordarlo de vez en cuando. Sobretodo cuando lo veo.
Y sé que sabe que es así.
Pude tocar sus manos la última vez que lo vi.
Pude sentir su naricita en mi mejilla y también pude hacer un juego de miradas con sus ojos en los míos.
Sentí su aliento y sus palabras me tocaron hasta los intestinos, hasta menearlos.
Su evidente indiferencia me causó mucha sorpresa, supe que algo había ocurrido.
Alguien más.
No cuestiono los besos que se han de haber dado; es su enamorada y pues quien tiene ganas de besar a alguien, pues que lo haga. Es gratis y delicioso.
Como ya lo dije, no lo cuestiono pero sí me cagan las ganas de seguir adelante, aún antes ya habiendo dicho adios.
Hasta nunca.
Malditos insectos.